Ramiro, el tucán rescatado

En un lugar en el norte de Guatemala llamado Sayaxché, allá en Petén, vive desde hace muchos pero muchos años, un árbol de palma llamado Palmerín, a quien le gustan mucho los niños juguetones, creativos y soñadores.

En el mismo lugar donde vive Palmerín, nació hace ocho años un niño que se llama Víctor.  A Víctor le gusta pescar, porque vive cerca del río La Pasión, un extenso río que cruza el pintoresco Sayaxché.  También le gusta mucho todas las tardes ir a conversar con Palmerín. Ambos se han hecho los mejores amigos.

“Hola Palmerín, siempre me da gusto venir a visitarte aquí, a este lado del río. ¿Cómo has estado?”, le dice Víctor muy sonriente a su amiguito.

“Muy bien Víctor. Aquí creciendo y creciendo sin parar”, le responde Palmerín, muy contento de saludarlo.

“Así, veo, pero parece que todavía te falta mucho para alcanzar los 20 metros que miden los de tu familia”, le contesta Víctor, sonriendo también.  Sí, es verdad pero pronto creceré porque cada día que pasa la tierra donde estoy plantado es de un lindo y fresco color negro, no como antes que era amarillenta y nos costaba más crecer, ahora le cuenta, es una tierra fértil y nutritiva para nosotros producto de las hojas de mis ramitas que sirven de abono orgánico para la tierra.

Y así, entre risas, los dos amigos se cuentan sus cosas. De pronto, Palmerín se queda en silencio y le dice a Víctor: “Hoy quisiera contarte una historia que ocurrió hace unos cuantos días, aquí en Sayaxché. Escucha, por favor”.

Víctor, muy atento, se dispone a escucharlo, tal como hace cada vez que Palmerín cuenta alguna aventura.

“Pues… ¿Te acuerdas de aquella tarde cuando cayó la primera lluvia del año? De repente escuché un sonido fuerte, tan fuerte que dolía el alma. Cuando pude ver bien, me di cuenta que el sonido no era musical. Era llanto, llanto de verdad lastimero. De pronto, vi que los lamentos venían de un ave que se posó sobre aquel viejo guayacán de enfrente. Era Ramiro, el tucán… un gran amigo y uno de los más hermosos tucanes que se han visto por aquí”.

“Traté de averiguar que le ocurría, y lo supe cuando vi que su pareja, Angelita, desde otro árbol, le respondía con igual desesperación. Esta iba de árbol en árbol, como pidiendo ayuda pero sin saber a quién. Luego de un rato, vi que Ramiro el Tucán sangraba de una de sus alitas. Era un hilo rojo que le corría y que mientras más se movía el ave, más le seguía saliendo. Era un rozón de una piedra que le dieron unas personas que querían atraparlo, hombres malos e irresponsables. Yo no tengo sangre y no imagino cómo es el dolor de una herida, pero los gritos de Ramiro el Tucán me hicieron estremecer como si yo también lo sintiera”.

En esta parte del relato, Víctor, el niño pescador no pudo evitar quedarse boquiabierto, escuchando con toda la atención del mundo a Palmerín.

“Pensaba ir a ayudar a Ramiro el tucán, cuando me acordé que no tengo pies y me era imposible correr en su auxilio. Así que me quedé viendo y escuchando a la pareja de angustiados tucanes.

En eso estaba, cuando llegaron varios hombres, sin duda atraídos por el escándalo que armaban las aves. Los reconocí de inmediato: eran mis amigos de la planta REPSA (reconocí también el dibujo que llevan en sus camisas) que está a pocos kilómetros de aquí y, muy preocupados, observaban aquella terrible escena.

“Tenemos que ayudarlos, verdad Ingeniero Bonachon, dijo uno de ellos. Estos tucanes son parte de la naturaleza y nuestra misión es cuidarla. Veamos qué podemos hacer”.

“Ya sé, dijo el Ingeniero Bonachon. Hagamos una cama con las hojas y pongámosla sobre el pasto. Es que estos animalitos cuando están heridos dan muchos aletazos y lo más probable es que caigan al suelo y se golpee más, porque con un ala herida no pueden controlar su vuelo”.

“Así lo hicieron” -continuó Palmerín. “Uno de los hombres logró subir hasta la primera rama, y desde ahí hacia la segunda y luego a la tercera, que era a donde había llegado Ramiro. Y tal y como lo pensó el Ingeniero Bonachon, cuando el hombre intentó acercarse, el tucán quiso volar pero le fue imposible porque perdió el equilibrio y, en cuestión de segundos se vino abajo”.

“Pero, la cama que habían construido con las hojas era lo suficientemente alta como para detener su caída suavemente. Ramiro el tucán cayó sin hacerse daño y, acto seguido, corrieron los hombres de Repsa a revisar que estuviera bien. Se dieron cuenta que necesitaba atención y decidieron llevarlo a la plantación”.

“Pasaron varios días y el tucán por fin se recuperó. Un día me puse muy feliz, porque vino a saludarme y me estuvo contando lo bien que lo trataron hasta recuperarse. Finalmente, dejó escuchar su canto, ese tan bello que emite cuando está feliz y en unos minutos apareció Angelita, feliz y radiante, llenó de besos y aletazos a su querido Ramiro”

“Y yo me quedé pensando en que no todos los hombres son malos. Los que lo hirieron sí que lo eran, porque no tenían necesidad de hacerlo. Y por el contrario, a los hombres de REPSA no les importó perder unos minutos de su tiempo, con tal de salvar al animalito herido. Palmerín me conto también que todos los que trabajan en esa empresa, son capacitados para en muchas áreas importantes para que cada día todos sean mejores personas, adentro y fuera de la empresa.

Después de escuchar este relato, Víctor, muy emocionado se despidió de su amigo Palmerín y se dijo para sí mismo: “Tiene razón Palmerín, educándonos y aprendiendo nuevas cosas todos nos volvemos mejores personas.

2017-06-19T02:38:25+00:00